Soy Sara Ouchen, periodista en Melilla, tengo 35 años y soy de origen bereber. Desde pequeña he aprendido tres idiomas, español, tamazgith y árabe. Me he criado en un entorno social al estilo europeo, pero en mi casa las tradiciones siempre han sido importantes, de hecho, mis bases educativas son conservadoras, pero con el tiempo he ido abriendo los ojos a otras opiniones.

Reportar sobre la inmigración

En mi trabajo actual, como productora y reportera de televisión, lo que más se vive es la inmigración, ya que es un asunto de interés internacional. En este caso, hay tres tipos de inmigración y cada una tiene sus particularidades, sus emociones y objetivos.




El primer tipo de inmigración es la que más se ve, la inmigración subsahariana, que son aquellos los cientos de personas de la África negra que intentan accede a Melilla saltando la valla. En este caso tengo sentimientos encontrados. Son muchas horas de guardia, dando vueltas por la valla en algunos casos… y cuando ya son las cuatro de la mañana y el agotamiento te puede y te duermes, justo en ese momento sucede y te llaman por teléfono -hay salto-. El sentimiento de amor es cuando los ves llegar, sientes esa euforia, te gritan “Bosa” tan cerca de tu cara que te contagian la alegría, no paras de grabar la situación y sin darte cuenta tienes una sonrisa en la cara.

Voy a hacer un paréntesis y contaros una historia que a mí me ha marcado. Una de las veces fui al Monte Gurugú (en el Marruecos próximo), donde cientos de subsaharianos esperan el momento perfecto para saltar la valla. Fui con mi cámara a hacer un reportaje de cómo vivían y sus esperanzas. Allí conocí a un joven de 19 años, Yusuf, que venía de Mali, no se separaba de mí y mi cámara, resulta que había estudiado Audiovisuales.

Los lazos emocionales con los inmigrantes

Aquel grupo de hombres no había visto una mujer en meses. Puede que alguna “chilaba” de lejos, pero yo iba con mis vaqueros y una camisa ceñida. Al verme Yusuf se convirtió en mi protector, nadie podía mirarme ni tocarme, fue todo un caballero. Volvía a Melilla, escribiendo, pensando en el mejor reportaje y en ese momento hay un salto a la valla. Salgo corriendo con mi cámara y veo un cordón de seguridad cercado el perímetro fronterizo. El cordón estaba un poco lejos de la valla, pero podía ver y escuchar a los migrantes.

En ese momento estaban encaramados en la valla, a pleno sol y no se atrevían a bajar. Fue entonces, entre gritos de socorro, cuando escuché mi nombre en un tono afrancesado –Saraaaa-. Una y otra vez. Miraba hacia la valla asombrada, los compañeros me miraban, era él, Yusuf, ahí arriba gritando mi nombre, como si yo pudiese hacer algo por él. Solo pude sentir impotencia.

Empiezan a bajarse de la valla, algunos habían conseguido llegar al CETI (centro de estancia temporal de inmigrantes). Yo no paraba de grabar la situación, deseando que uno de ellos fuera Yusuf. Una hora más tarde, un grupo de 15 inmigrantes llegan gritando Bosa, y de nuevo escucho mi nombre, fue el único momento que dejé de grabar, emocionado, sudado, ensangrentado me da un abrazo. Sé lo que pensáis todos, cuidado con las enfermedades, pero en ese momento solo podía pensar en que mi amigo estaba en Melilla, seguí viéndolo hasta que se fue a la península. Ahora está en Barcelona.

Reportando en Melilla

Siento el paréntesis, pero tenía que contar esta historia. Volviendo al tema inicial, yo como periodista musulmana también he tenido que luchar con otros estereotipos. Como decía al inicio, mi familia es conservadora y no entendían que una mujer joven trabajara de noche, tener que salir a las cuatro de la madrugada, llegar al día siguiente… Siempre le repetía lo mismo a mi madre: “es trabajo no estoy haciendo nada malo”.

En mi cultura no está bien visto pasar la noche fuera sin estar casada, puedes salir de fiesta, pero debes dormir en tu casa. Por suerte mi madre confiaba en mí.El segundo tipo de inmigración en Melilla es el que se vive en Europa, el de los refugiados. Hemos tenido una oleada de miles de refugiados sirios, y cada familia era un drama. Venían de una guerra, todos tenían a algún hermano, padre o abuelo que habían fusilado en su país.

A veces el periodista debe ver lo sucedido desde fuera, no meterse en esa burbuja si quiere contar las cosas bien, pero era inevitable emocionarte al ver esos ojos llenos de ternura y soledad. Personas como tú o como yo, que lo tenían todo, iban a la universidad, celebraban sus cumpleaños… y ahora están aquí, en Melilla, después de pasar por países como Argelia, donde les robaron lo poco que les quedaba; Marruecos, donde les pedían dinero si querían ducharse, aprovechando su situación… y cuando ya estaban a los pies de la frontera española, unos policías marroquíes no les dejaban pasar si no les sobornaban con 2.000 euros. Sí, les exigían 2.000 euros para pasar, sin ningún derecho ya que eran refugiados y la ley les ampara.

Los retos de la inmigración

Una vez que llegan a Melilla, les trasladan al CETI, en una habitación apretados porque el centro no daba abasto de tanto inmigrantes y refugiados. Una de las veces que fui al CETI vi a una joven de tan solo 14 años, ojos verdes, piel como la leche, un hijab rosa e impoluta… me recordó a la famosa imagen del Nacional Geografic. Cuando hablé con ella empezó a llorar, no soportaba la situación. Ella y su familia estaban en el CETI, en unas condiciones normales para los demás, pero difíciles para ella, ya que su familia pertenecía a la alta sociedad en Siria y ahora viven en una habitación con gente de todo tipo.




Un día celebrando la Pascua musulmana con mi familia y mientras mi madre preparaba el cus-cus, fui al CETI, busqué a la niña de los ojos verdes y a su familia, y me los traje a mi casa para que pasaran la Pascua con nosotros. Estaréis pensando que hice muy bien, pero para mí fue la peor decisión, tuve la oportunidad de conocerlos al detalle, eran formidables, admirables y ojalá algún día yo tenga su bondad… pero, cuando digo que fue la peor decisión lo digo porque, después de la comida, los llevé de vuelta al CETI. Los dejé allí. A la niña de los ojos verdes, con su padre, hermanas mayores y una pequeña de tres años.

Y entonces empecé con mi insomnio, no podía dejar de pensar en ellas. Me llamaban para que les ayudara a salir de Melilla y llegar a Alemania, donde tenían familia y casa, pero la burocracia es muy difícil y no podía hacer mucho. Me llamaban todos los días, hasta la pequeña se sabía mi nombre. Hice todo lo que pude con mis contactos y finalmente les dieron el permiso para salir y viajar a Alemania. Imaginad como fue la despedida, llena de lágrimas y me dieron un colgante que aún tengo. Pero los meses que estuve sin dormir y pensando en que yo estaba en mi cama mientras ellas no podían ni dormir, me hizo reflexionar para no involucrarme tanto, por mi salud mental.

Os puedo contar mil historias, que todas empiezan para un reportaje pero acaban en amistad. El tercer tipo de inmigración es el de pateras, en estas llegan subsaharianos a Melilla, pero a veces también marroquíes que se han desviado porque su camino era Almería. En pateras si suelen llegar algunas mujeres y niños. Como periodista me atreví a juzgar a una de las inmigrantes, estaba embarazada y le pregunté que cómo se había atrevido a poner a su bebé en riesgo y salir de su país así. Fue la pregunta más estúpida que hice nunca. Ella me contestó que había salido de su país fuerte, sana, y con la esperanza de un futuro algo mejor, pero que ese bebé era fruto de una violación que sufrió durante el trayecto.

Convivencia con la inmigración

Este tipo de contestaciones es muy común en Melilla. Todo es posible. Las tragedias están donde menos te lo esperas, y las alegrías también. Y hay que tenerlo muy en cuenta a hora de entrevistar a alguien, por mucho que te prepares una entrevista te pueden dar la vuelta en un segundo con algo que ni te imaginabas. La realidad de la inmigración es muy difícil de digerir, llegan muchos a Melilla, pero otros muchos se quedan en el mar, esa situación también la he vivido de cerca.

Un día paseando por la ciudad con mi familia nos encontramos a un señor subsahariano llorando solo, nos acercamos para ver qué le pasaba. Había venido a recoger el cadáver de su hermano pequeño, un joven universitario al que le negaron la beca para estudiar en Europa y decidió embarcarse en una patera para encontrarse con su hermano. Como decía, la burocracia es lenta y querían repatriar el cadáver a su país para que su madre le llorase. Sale muy caro trasladar un cadáver, pero su hermano estaba dispuesto a gastar sus ahorros.




Mientras solucionaba el papeleo se quedó en mi casa, no tenía donde ir. Era musulmán también, pulcro, trabajador, estudiado. En esta ocasión mi hermano se casaba, mi casa estaba llena de bailes y celebración, mientras Mohamed, que así se llama, estaba en una esquina, pensando cómo devolver a su difunto hermano junto a su familia. Era un contraste difícil de asimilar, mientras nosotros celebrábamos una alegría, también había una tragedia en casa. No podíamos suspender la boda, no podíamos parar nuestras vidas. Mohamed lo entendió, de hecho, se quedó a la boda e incluso le hizo un regalo a mi hermano. Todo lo que os pueda contar de esta situación es poca, solo el que ha perdido a un familiar entiende el fuego que se enciendo en las entrañas.

Pasaron semanas hasta que le dieron una contestación, era muy difícil repatriar el cadáver, y finalmente lo tuvo que enterrar en el cementerio musulmán de Melilla. Mohamed tuvo que hacer frente a la pérdida solo. Le dijo adiós al pequeño entre lágrimas y rencor. Es una historia que podría haber salido en todas las televisiones, pero a veces hay que hacer un parón, y ser más humana que periodista. No todo se vende.

Muchos me preguntan por qué no salgo de la ciudad dado que, en teoría, se puede crecer mucho como profesional en otros puntos del mundo, pero en estos 12 km cuadrados he vivido mis mejores reportajes, muchos sin contar. Aquí hay periodismo, hay realidad. He trabajado en otras ciudades sí, pero en todas he ido a ruedas de prensa a escuchar las iniciativas de un político y, sinceramente, prefiero trasladar las historias de personas anónimas con valor humano que las promesas de un político que se quedan en papel mojado