de Ignacio Sánchez-Leon

Somos lo que sentimos.

Hay quien dice que la próxima revolución no será tecnológica sino de los sentidos, de las emociones. Las emociones siempre han mandado. Son incluso más potentes que los pensamientos. No somos sólo lo que pensamos sino también lo que sentimos. Convivimos con Internet como una extremidad nueva, haciéndonos sentir, pensar, aunque no lo haga internet ni las máquinas, ni los robots o la Inteligencia Artificial (IA).

Ya somos robots, sin la masiva llegada de la IA

Internet no piensa, pero nos hace pensar. Internet, aunque parezca que nos deshumaniza, debería poder humanizarnos dado que la historia no lo ha conseguido lo suficiente. La universalización de la banda ancha, de la conectividad de internet y por ende sus múltiples repercusiones tanto sociales, como culturales, políticas y económicas, afrontan el deber, el reto e incluso la obligación de mimetizarnos con la naturaleza para alcanzar esa convivencia, que aún en el año 2017/18 no hemos sabido alcanzar, y lo que es peor, aceptar como tesis válida para poner en práctica.

Esporádicamente cuando las emociones nos inundan y tocan el corazón accedemos a la empatía, a la compasión, a la tolerancia temporal, hasta que la rutina se impone y la inconciencia mental, típica de la robotización, nos devuelve a realidad. Si hay algo que mueva el mundo, que nos conmueva, no son los amaneceres ni los anocheceres en paraísos, sino las emociones que nos generan. Los hechos son fríos desprovistos de toda ropa. Son nuestra capacidad de reaccionar, de emocionarnos la que influye en el ánimo, en el espíritu, en el estado de bienestar.

IA no solamente crea nuevos trabajos, sino un nuevo horizonte emocional

Con la llegada de la IA y las máquinas inteligentes no podría ser de otra manera. Nuestra evolución biológica se verá alterada por la evolución tecnológica del cerebro artificial. Para emular al homo sapiens, la IA tendrá que dotar a sus cerebros artificiales y máquinas inteligentes de emociones, de e-pasiones, de e-sentimientos y de "clonar" la capacidad humana de conmoverse, de compasión, de superar estados adversos y de admitir, cosa que los humanos no somos capaces suficientemente.

En consecuencia, nuestra capacidad de asombro suficientemente mermada ha sido reemplazada por la pasividad absoluta, aunque a diario nos confronten con imágenes terroríficas en prime time. A las puertas de la era digital, de la 4ª revolución industrial y de la II revolución cognitiva, los humanos hijos del fuego padecemos amnesia emocional. Vivimos como robots por mucho que ahora pregonemos la llegada masiva de la inteligencia artificial (IA), el internet de las cosas (IoT) y la robotización de la sociedad. Hemos evolucionado genéticamente hacia la casi inmortalidad, pero emocionalmente no hemos avanzado lo que se desearía. Nuestro nivel de insensibilidad e inconsciencia nos hace actuar en el quehacer diario como autómatas, sin parar a pensar por qué lo hacemos y si en verdad adoptamos las decisiones o por el contrario delegamos en las autoridades de poder clásicas (Estado, gobierno, iglesia, partidos políticos, etc).


Necesitamos robots que se parezcan a nosotros

Mimetizando con la naturaleza. La memoria educativa del siglo XIX y XX ha de ceder el paso a la experiencia emocional, a la educación del interior, del corazón, del yo en primera persona, que decida quiénes somos, qué queremos ser, a dónde llegar desde el sentimiento interno, desde lo emotivo, la agitación del espíritu, el corazón conmovido. Esta es nuestra ventaja sobre los robots y la inteligencia artificial en el campo de la enseñanza, del conocimiento cognitivo y del progreso de la humanidad.

Porque las emociones no se aprenden sobre un cuaderno, se viven, se experimentan en primera persona del singular, conformando otro grado cuántico de creatividad que afectarán (positivamente y
negativamente) al quehacer diario, al rendimiento, a la productividad y la manera de afrontar los retos del futuro de la humanidad en el planeta. Dejaremos de ser considerados el centro del universo y tal vez algún día lleguemos a la conclusión de que las emociones que conmueven obedecen a otra ley universal: estamos en el centro del cosmos, formamos parte de él y algún día experimentaremos cómo se cierra el círculo, si es que no llegamos tarde.

Vamos hacia una nueva raza humana

Si el pensamiento individual pudiera ser reemplazado por el colectivo de las máquinas, ¿seguiríamos siendo humanos entonces o traspasaríamos cierta barrera? De hecho, ya sabemos que algunas parejas son capaces de leerse el pensamiento sin necesidad de verbalizar determinadas emociones y que sin duda se agudizará con la masificación de máquinas inteligentes o robots. Un reto muy emocionante que no ha hecho más que empezar y que nos conduce, a diferencia de la realidad contemporánea, a vislumbrar el cierre del círculo.

La ética digital virtual estará sustentada en esa inteligencia artificial, del robot, de la automatización de procesos (no sólo industriales sino también emocionales, humanos, familiares, amistosos),
pudiendo llegar a "conmocionarnos" como algo sin parangón. Es lo que tiene la evolución del ser humano y el progreso de la mente, en este caso humana y artificial.

Necesitamos una Constitución que incluya la vida digital

A medida que la democracia digital progrese más y más, cuestionaremos el marco de convivencia analógico que ha de adaptarse a la nueva realidad digital de la vida onlife. De ahí surge mi sugerencia de tratar en capítulo aparte el concepto de Constitución Digital que asegure en la medida de lo posible en un entorno de autorregulación onlife un marco de convivencia social dentro de una nueva estructura digital y de emociones que aún hemos de diseñar y consensuar.

Por otro lado, la masificación inminente de los robots y la inteligencia artificial terminarán afectando a nuestras relaciones interpersonales, afectivas y humanas. Haremos del cerebro artificial una masa tan poderosa o más que tal vez supere la inteligencia humana en su más amplio espectro. Y esto no nos debería por qué asustar necesariamente. Tenemos hoy en día multitud de ejemplos donde las máquinas han sustituido el aprendizaje escolar, como por ejemplo las operaciones matemáticas mentales que antes hacíamos y ahora casi siempre operamos con la ayuda de la calculadora (hoy coetánea en el móvil,tablet, pc, iWatch, etc.).

Las nuevas tecnologías han ido sustituyendo el sobre-esfuerzo cognitivo humano y en su lugar facilitan prácticamente todos los órdenes de la vida: salud, trabajo, familia, ocio, etc.. Nuestras competencias y habilidades analógicas que estamos traspasando al quehacer digital terminarán por acoplar los sentidos humanos al entorno virtual y asumirlos algún día como una extensión de nuestros cinco o seis sentidos (vista, oído, olfato, gusto, tacto, y el sentido común). El sentir online se apoderará de la conciencia humana por que así lo habremos querido y programado para facilitar nuestra comodidad y la toma de decisiones, aunque parezca que suena a ciencia ficción. Como en todo, dependerá del buen y no mal uso que le demos a ello.

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