El Año Nuevo: Trabajar menos y viajar más...de Ignacio Sánchez-León (La moral inmoral: cuestión de ética española)

En países de la órbita católica como España, tradicionalmente a la mujer se le ha impedido compartir con los hombres algunos privilegios y oportunidades por seguir el supuesto precepto de la Iglesia del “mandato divino”. Desde los tiempos del apóstol San Pablo, aún se mantiene la negativa de la Iglesia apostólica-romana de que la mujer ocupe cargos jerárquicos dentro de la curia. Por prohibir, esta misma Iglesia veta incluso a las monaguillas para que pasen el cepillo en las misas parroquiales.

La mujer todavía no puede desarrollarse igual que el hombre

Como vemos, en pleno siglo XXI la mujer sigue siendo objeto de todo tipo de arbitrariedades morales y políticas, aberraciones, discriminaciones y códigos morales (religiosos) que las sitúan en un plano muy inferior al varón. La igualdad de género, de derechos y de obligaciones frente al hombre deja mucho que desear. No es de extrañar como ya tuvimos ocasión de tratar en otro capítulo, que cada vez más feligreses den su espalda a esta Iglesia que discrimina a la mujer y surjan todo tipo de organizaciones (feministas, políticas) en defensa de algo tan elemental.



Creo que honradamente en España nos haríamos todos un gran favor si en nuestro código de conducta social miráramos más nuestra propia conciencia, que seguir ciertos dogmas de la iglesia, si en verdad queremos ganar la lucha en la defensa de la igualdad real de género. Nuestro comportamiento social igualmente debería de una vez por todas adaptarse y alejarse de aquellos arquetipos machistas de otros tiempos pasados. Me sigue avergonzando tener que explicar a mi hija que en un país como España hay ciertas pautas mal vistas socialmente para la mujer por mucho que nos llenemos la boca de lo contrario.

España sigue siendo un país machista

Salvo ciertas excepciones, es machista en lo social, político, económico, cultural, deportivo, militar, clerical y hasta moral. Hay que recordar tan sólo cuando se permitió a la mujer en este país acceder a las fuerzas armadas, cuántos altos mandos del ejército están actualmente en manos de mujeres, cuántas finales deportivas femeninas se retransmiten por la televisión, cuántas obispas mandan en el clero o que en algunas empresas y jefes retrógrados aún siguen viendo mal que las mujeres se acojan a la baja maternal mientras crían a sus hijos o que las grandes decisiones de la política nacional o sindical estén en manos de una mujer. ¿Cuál ha sido la última heroína española que hemos tenido recientemente, aparte de la llamada “princesa del pueblo”?. El refrán popular ya lo deja muy clarito: “Dime de qué presumes y te diré de qué país eres...”

España no es un país de igualdad

Lo peor de todo es que nuestra insensibilidad por la igualdad nos impide corregir ciertos comportamientos y actitudes machistas impropios de la época actual o que sigamos discutiendo fervorosamente el papel de la mujer en la sociedad global y digital. Peor aún más, que descuidemos ciertos estigmas que alimentan al niño en esa diferencia de género y enfaticemos el juego de roles, ya no sólo en entornos rurales sino también en los urbanos.

A esto hay que añadir la influencia de los medios de comunicación sociales, la publicidad, el cine o la literatura infantil de la época. Pese a todo y a la negativa influencia del entorno, me siento orgulloso de pensar que mis hijos crecieron y se educaron siendo conocedores de las “injusticias paternas” por no caer en la tentación del hecho diferencial. Hoy en día, creo que salvo las distintas apariencias fisiológicas, interiormente la primogénita y el “heredero” varón no arrastran defectos diferenciales y podrían perfectamente intercambiar sus roles.

Dejando de lado mi caso particular, debe llamar a mucha gente la atención cuando los actuales monarcas españoles, Felipe VI y la reina Letizia en algún momento debieron de temer por una posible descendencia masculina y debiera por eso modificarse la Constitución española. Parece de risa, que de haber sido así la España del siglo XXI aún obligara a que fuese el varón el que tuviera ciertos privilegios por encima de la primogénita por imposición legal. Desafortunadamente estos pequeños estigmas demuestran que continuamos arrastrando un código moralista decimonónico, y hasta sumamente clerical que en algún momento deberíamos extirpar por el bien de nuestras futuras generaciones.

Falta la libertad para mujeres

Supongo que recordarán la noticia en 2014 de que ciertas compañías tecnológicas norteamericanas como Facebook, Apple, Google, han permitido congelar los óvulos de sus empleadas para aplazar la maternidad. La idea última es impedir que la mujer trabajadora trunque su carrera profesional en el seno de esas multinacionales por el hecho de quedar embarazada, postergando su maternidad a un futuro posterior de su conveniencia. Pronto en España corrieron ríos de tinta a favor y en contra. A favor de garantizar la carrera profesional de la mujer en el seno de la empresa y su ascenso social o en contra de la falta de políticas familiares que incentivara la natalidad y la conciliación familiar.

Creo que esta polémica es un excelente antecedente para que tratemos a continuación el papel de la familia y el rol de sus miembros en el ámbito de la nueva moral.A lo largo de las páginas de este libro, nos hemos ido refiriendo en sucesivas ocasiones al impacto que algunas de nuestras conductas y hábitos han tenido y tienen todavía en nuestro entorno: familia, hijos, vecinos, etc. Hay distintos hechos sociológicos que se nos vienen encima y que parece que aún no somos conscientes de su trascendencia. Por un lado la inversión de la pirámide demográfica. Cada vez el número de fallecidos será mayor que el de nacimientos (tanto en Europa en general como en España en particular).

El modelo de la familia está cambiando

Si creemos que este hecho biológico no trastocará el concepto de familia, posiblemente es que vivimos en la absoluta inopia. Me temo que hay muchos políticos en este país que con tal de no complicarse la vida tomando ciertas decisiones impopulares y poner en peligro su reelección, son capaces de dar muestras de patriotismo y ocultar el problema. La única solución, aparte de la obvia, es decir de recuperar los incentivos (sociales y económicos) por animar a las familias a traer descendencia, pasaría por compensar el desequilibrio de falta de natalidad con la entrada de inmigrantes, con matrimonios mixtos, adopción de nuevas culturas, hábitos y escala de otros valores morales, y si fuera necesario hasta con un nuevo impuesto social para ir capitalizando la que se nos viene encima con la masificación de los dependientes. No me parece tampoco necesariamente mala idea, si España retorna a la Edad Media cuando entonces convivíamos con otras culturas y religiones como judíos y moriscos. Fueron años de gran prosperidad cultural, política y económica.



Otra cosa es que sea eso lo que realmente queramos para nuestro país si no ponemos remedio pronto. Lo que sí parece claro es la evolución de la persona. Con cierta rigurosidad, se podría afirmar que hasta la edad de los cuarenta y cinco años aproximadamente, los adultos suelen buscar la verdad, su verdad, el sentido de la vida. A partir de los cuarenta y seis años solemos enseñar la verdad, la vida y el sentido de la misma. Como padre prematuro que fui puedo sostener que me hubiera gustado contar con ciertas referencias en la sociedad, en el entorno, para educar a los hijos.

A lo mejor por todo ello, o a consecuencia de todo ello y la evolución demográfica de una sociedad como la nuestra, podría haber llegado el momento de cambiar otro paradigma, el de la familia. Este cambio de roles dentro de la familia, pasaría por el hecho de que sean los mayores (por ejemplo de cuarenta y seis años en adelante) quienes se encargaran de cuidar a los hijos de nuestros hijos (nietos), mientras estos se vuelcan en sustentar económicamente la familia, levantar el país, disfrutar del tiempo libre, convivir con la familia, etc. Mi experiencia me ha demostrado que a mayor edad mayor sabiduría y paciencia.

La alternativa conceptual sería ser padre de familia para los hijos a partir de los 46 años en los casos que se pudieran. Ya sé que es dar un vuelco en la concepción clásica y moral de la familia. Pero esta obra pretende ver la luz para justamente romper algún que otro esquema clásico, siendo plenamente consciente de que no se viertan bobadas sino que se defiendan propuestas alternativas con visos de análisis y discusión.

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