Interesantes estudios sobre el coqueteo y el amor

La visión de la mujer

EL OLVIDO NUNCA

de Stefanie Claudia Müller, Madrid

Ella pensaba que se pueden clasificar hombres como plantas o animales. Le encantaba clasificarlos por profesiones. Porque lo que más le gustaba en un hombre era su profesión . Y tenían que ser artistas, creativos. Cuando una amiga le contó que en Internet había un sitio para ligar con hombres según criterios que elegías tú misma, le pareció fascinante.

Ligar por internet

La amiga le hizo un perfil en esa página y Janina de pronto comenzó a pasar horas y horas delante de la pantalla, clasificando periodistas, artistas, financieros…También seleccionaba según edades y altura. Pero lo más importante era la profesión. Casi nunca quedó con nadie, solamente iniciaba conversaciones con ellos por el chat o por email.

Janina era una mujer muy inteligente, una razón por la que hasta ahora no había encontrado su media naranja. No quería que la mandasen. Quería amor, pero según su propia manera, y ser independiente, con una persona super especial y en condiciones financieras especiales…La verdad es que hacía mucho que había dejado de sentir algo por alguien. Muchos hombres dijeron que era frígida. Había perdido la ilusión, aunque ya era tiempo para crear una familia. Sin embargo, Janina no tenía ganas de casarse. Les había negado el matrimonio a varios.

Pero esa tarde, esa reunión que planificó a última hora con un chico de aquella página, iría a cambiar su vida por completo. Si ahora miraba hacia atrás lo sentía así, tenía un presentimiento. Parecía todo una coincidencia, todo sólo producto del azar, pero al final resultó ser el destino. Todo hasta entonces había sido controlado por ella; ella había sido la dueña de sus sueños. En un momento de debilidad decidió quedar con uno de esos muchos hombres que le habían escrito un corto mensaje a través de aquella página.

Esta vez no se fijaba tanto en la altura ni la profesión, ni había una foto en su perfil, pero algo la empujaba hacia este hombre desconocido. Quedaron un día durante la semana. Él sin tener grandes expectativas, según lo parecía en sus emails, y ella un poco por aburrimiento. Cuando se vieron en la puerta del bar donde habían quedado fue como dos campos de energía opuesta, dos imanes, dos personas que se buscaron y que se encontraron sin querer.

Se miran fijamente, se saludan. Él la observa con gran sorpresa, de arriba a abajo, pero con mucha ternura, como si la conociera de antes. Ella, desde el primer momento, se sintió cómoda con esa persona. Le gustó su físico, su manera de andar, su manera de hablar. Sintió tranquilidad, sentía como si por fin hubiese llegado. Después de varios años de caos en su vida sentimental, de cerrarse, de abusar, de consumir y divertirse. Tomaron algo, picaron algo, como se hace ahora también en una ciudad como Londres, aunque lo de ir de tapas es más bien español. Él era español, ella era inglesa.

Janina comía y él la miraba, con una sonrisa, con un buen rollo, con una ternura tan grande que ella no se sentía molesta cuando se sentaba a su lado porque él decía: “Tengo una manía. No me gusta estar enfrente de alguien, prefiero estar al lado”. Y de súbito se abrió su corazón un momento. Janina notó sus miradas en su cuerpo y se sintió bien con ellas. Después de haber cenado algo se despidieron; ella tenía una cita temprano y sentía ya deseos de irse. Sin embargo, no se pudo contener: “¿Cuándo nos vemos otra vez?”

“Pronto, seguro que pronto” dijo él, un hombre sin familia, sin hijos, pero con mucha hambre de tener todo eso. Janina se sorprendió cuando él le preguntó: “¿Tú quieres tener hijos?” Ella no pudo decir nada, evitó la respuesta con un beso en sus mejillas y una despedida rápida.

MarcJanina todavía se hallaba en el coche cuando él ya le estaba escribiendo un mensaje por el móvil: “Me has gustado mucho, mucho, pero mucho!”

Atracción a la primera vista

Janina vio ese mensaje solamente cuando salió del coche, ya llegando a su casa. No pudo evitarlo: sintió alegría, una gran alegría. Sintió algo raro, una conexión especial con este hombre, con este chico español que había venido a trabajar a Londres. Janina sintió algo así como haber llegado a un fin, como si de repente toda su tensión de los últimos meses hubiera desaparecido. Ella se conocía: estaba a punto de enamorarse de él con un gran flechazo, perdía el control que tanto apreciaba, sabía que por fin había entrado alguien en su vida a quien podía amar.

Hubo en los próximos días un intercambio de mails y mensajes con mucha pasión, pero de alguna manera Janina sentía que él no quería tomar una decisión, un paso adelante, que no quería encontrarse con ella otra vez. Entonces, ella, que nunca había tomado la iniciativa, le preguntó: “Si te gustó tanto ¿por qué no volvemos a vernos?”

Al recibir el mensaje él la llamó por teléfono: “No, no puedo encontrarme contigo. Tengo que arreglar algo, primero”.

“¿Qué?”, preguntó ella de inmediato. “Estoy en una relación, tengo que hablar con esa persona antes de encontrarme otra vez contigo”, dijo él como si fuera lo más normal del mundo, el estar con alquien y salir con alguien más.

“No, no, no…”, Janina no podía creérselo…sintió un enorme vacío en su estómago. “No, no, no…” Colgó el teléfono. En los días siguientes ni le respondió a sus muchas llamadas, ni a sus sms, ni a sus emails. Quería olvidarle. Pero de alguna manera sentía curiosidad por saber cómo hubiera sido tener una noche con él. Dio vueltas y vueltas a eso, y al final no pudo resistir, y tal como cuando habló con él la primera vez, casi por azar, lo llamó: “¿Podemos quedar esta noche? “Hoy no sé si puedo, pero te aviso”, respondió él. No la llamó. Pasaron dos días antes de que él le mandara un mensaje: “¿Puedes venir hoy a mi casa?”

Janina no se demoró un momento en responder, aunque sentía que nadie nunca en su vida había logrado manejarla como este hombre. Algo raro había entre ellos. ¿Por qué él tenía tanto poder sobre ella? Cuando llegó a casa de él, vio las velas, escuchó la música y miró sus cuadros. Pintaba. Y a Janina le fascinó su piso, su aire y su manera de ser, aunque sus cuadros surrealitos no le gustaron. Se sentó en su sofá, y como la última vez que se habían visto, sintió una gran tranquilidad, como si le hubiera conocido desde hacía mucho tiempo.

Él disfruta el momento, se le nota nervioso, pero coge su mano como si fuera lo más normal del mundo, y ella pone sus piernas encima de las de él. Gestos de cariño que normalmente no tienen dos amantes o casi desconocidos. Janina se encontraba tan cómoda como no se había sentido en mucho tiempo. Él la miraba (mucho) insistentemente, como la primera vez, como diciendo: “¿Qué haces tú aquí?”

En esta web encontraras diferentes ejercicios que, con siete minutos diarios, harán que te mantengas en formaY exactamente eso se preguntó ella: ¿Qué hacía ella ahí? ¿Por qué le atraía tanto este chico con su camiseta azul, con sus vaqueros, con su afición a la guitarra, a la bebida? Hablan un poco, y de improviso Janina siente que tiene que volver a casa. Él la mira, la refrena y le da un beso, con timidez, no como un gran amante, más bien como un chico tímido, como alguien que está experimentando el amor. La abraza con mucha ternura.

Quiero hacerte el amor”, le dijo. Janina, por alguna razón, no quiere dormir en una cama donde a lo mejor ha dormido otra, donde él ha hecho el amor con otra. Pero al llegar a su dormitorio no siente que ha habido otra persona, siente solamente armonía pura entre dos personas que no se conocen y que han creado un momento mágico y que lo viven sin miedo. Y ella se deja completamente llevar, a lo que sea.

“Qué raro que no estoy celosa” piensa Janina, mientras él le quita la ropa, poco a poco. Ni busca fotos de otra mujer, ni ropa, ni ninguna otra cosa. Él la besa con ternura en la frente, con mucho cariño en el cuello. Este hombre fuerte y deportivo hace todo muy lentamente. Janina cierra los ojos y se deja llevar, es passiva, como muchas veces en juegos sexuales.

Cuando abre otra vez los ojos, él la observa con esa mirada, examina su cuerpo desnudo, sus curvas. Y de pronto mira mucho más lejos, hasta el fondo de su alma, eso le parece a ella. Es tan fuerte la sensación que ella siente repentinamente, que esconde su cara en el cojín, él coge su mano y busca su mirada nuevamente.

Una sola vez ella levanta su cabeza para mirar por un breve momento directamente en esos ojos verdes, y es como si se cruzaran sus almas. Luego ella decide de levantarse, de ponerse la ropa, de irse, de fugarse de esa situación que la supera. Él va con ella, él no entiende nada de lo que le pasa, pero no dice nada, él la lleva a su coche. Se besan otra vez, pero no dicen nada.

Janina sabía que esto que estaba a punto de florecer tenía que terminarse ya. Ella no tenía fuerzas para seguir, para luchar contra otra mujer, para vivir en esa inseguridad, no queria luchar por este hombre, a quien casi no conocía, ni sabía dónde trabajaba, ni quién era su pareja.

Janina borró su perfil en la página de dating, cambió el número de su móvil. Él no sabía dónde vivía, y de ese modo salía de una vida en la que nunca hubiera debido entrar. Poco a poco recuperó su estabilidad, su dignidad, su confianza. Encontró también un nuevo trabajo que la mantuvo muy ocupada. Su jefe todavía estaba ausente, pero en los primeros días se hizo rápidamente amiga de todos en el departamento.

Janina encontró un puesto en una de las agencias más reconocidas de Londres en temas de comunicación. El nuevo jefe del departamento volvería dentro de poco de sus vacaciones. Ella intentó tener todo preparado para cuando viniese. Un día antes de su llegada, una compañera le pidió que firmase una carta para él, ya que su cumpleaños era al día siguiente. Dentro de la carta había una foto de él con su equipo.

Janina no pudo creer lo que veía.

La vision del hombre de la misma historia

EL OLVIDO NUNCA

by Hiber Conteris, Montevideo

Cuando la dirección de la “Transnational Web and Cable” (TWC), la empresa para la que trabajaba desde hacía cinco años, le ofreció a Carlos la posibilidad de trasladarlo a Londres y ponerlo al frente del Departamento de Recursos Humanos de su sede central, a éste le asaltaron mil dudas. Por un lado, era una excelente oportunidad profesional y un ascenso jerárquico en su carrera al que no podía rehusarse; Londres, además, ciudad en la que había estado varias veces, era en muchos aspectos fascinante; tampoco el tener que desempeñarse en inglés era un problema, porque su madre era de esa nacionalidad y había crecido y se había educado en un hogar y en un medio bilingüe, de modo que hablaba el idioma a la perfección.

Pero Madrid era la ciudad donde había vivido los treinta y seis años de su de otro modo errabunda existencia, el lugar que más amaba en el mundo, por más que no pocas veces había vociferado contra los treinta y ocho o cuarenta y dos grados de las siestas veraniegas y otras tantas contra el frío de los atardeceres invernales. Se resistía a alejarse de Madrid, de su topografía urbana, de su nomenclatura, de las grandes avenidas como el Paseo del Prado o de la Castellana, de su ritmo vital, de sus costumbres y sus monumentos, de las noches en vela hasta escanciar dos o cuatro botellas de vino con un grupo de amigos, de las tapas, los toros y el cante jondo, que pese a no tener él sangre andaluza ni haber pasado más de cuatro días en Sevilla lo llevaba en el alma.La fascinante mente de un diseñador de moda. Alexander MCQueen

Había otro factor que le obligó a postergar durante varios días y no pocos insomnios su decisión. Llevaba varias semanas viéndose con una chica que, por primera vez desde que había roto un prolongado y ya casi olvidado noviazgo, no sólo le atraía más que todas las que había conocido en los últimos meses, sino que también ambos parecían congeniar en todo, lo suficiente como para que la cosa pasara a mayores y se imaginara otra vez involucrado en una relación con promesas de futuro. Habló con ella extensamente acerca de la oportunidad profesional que se le presentaba, de su vacilación en cuanto a aceptar o no el traslado a Inglaterra, del riesgo de que esa temprana separación a sólo unas pocas semanas de haberse conocido pudiera afectar el vínculo que se estaba consolidando entre ellos.

Carrera versus amor

Alejandra, su amiga, lo escuchó con paciencia, sin interrumpirlo aunque con los ojos llorosos, pero se mostró enormemente comprensiva. Admitió que Carlos no podía dejar pasar ese ofrecimiento que a la larga redundaría en un posible beneficio para ambos; sostuvo que después de todo Londres no estaba tan lejos de Madrid, apenas a dos horas de vuelo, y que con el teléfono, Internet, las cámaras televisivas desde las que podrían verse, sonreírse y besarse, ni la distancia ni la ausencia serían tan insoportables ni supondrían ningún riesgo para esa todavía incipiente relación. Lo alentó a que respondiera afirmativamente a la propuesta que le había hecho la dirección de la empresa. Carlos lo pensó, agradeció la manera en que ella había tomado el asunto, su tolerancia, la confianza que depositaba en él, no sólo desde el punto de vista profesional sino respecto de los sentimientos compartidos por ambos, y dos días después llegó a una decisión: aceptó el nuevo cargo y todas las ventajas que conllevaba el mismo, preparó sus valijas, se despidió de sus padres, sus amigos y de Alejandra con un inseparable abrazo y dos noches enteras de fogoso amor, y abordó un atardecer triste y lluvioso de domingo el avión que lo depositaría en Londres.

El proceso de adaptación a su nuevo trabajo y sobre todo a la nueva rutina cotidiana de su vida en Londres no resultó tan sencillo como Carlos había supuesto. La dirección de la empresa le había resuelto todos los problemas prácticos por anticipado, un apartamento de dos ambientes no lejos de Hyde Park, un auto con chofer a su disposición, una secretaria full-time completamente a su servicio; también la relación con los demás funcionarios del Departamento fue todo lo cordial que se podía esperar teniendo en cuenta la flemática naturaleza de los súbditos de la reina, y el horario de trabajo resultaba cómodo, el ambiente agradable, las instalaciones del moderno edificio placenteras.

El problema mayor de esas primeras semanas de trabajo era la soledad y mayormente la separación de Alejandra. Se hablaban telefónicamente con frecuencia, eso sí, chateaban, se escribían interminables mensajes en el cyberspace, se sonreían en la pequeña cámara de las computadoras, se hacían promesas de futuro, pero nada de eso remediaba el silencio y soledad de su pieza vacía ni sustituía el impetuoso encuentro ni el abrazo de las noches de amor, ahora distantes e inalcanzables, por más que Carlos se resistiera a que cayeran poco a poco en el olvido.

7 razones para renunciar a un trabajo que te gusta. cambio. job, hombre, pensarFue precisamente al cabo de una de esas extensas conversaciones con Alejandra sirviéndose de las facilidades del sistema Skype, que Carlos, melancólico y sin nada más qué hacer para acortar el insoportable vacío de otra noche a solas, se decidió a entrar en un sitio de Internet donde mujeres y hombres tan solitarios como él buscaban o proponían un encuentro casual, la posibilidad de conocerse y hacerse compañía sin ningún compromiso de futuro, por lo menos en esa primera fase del contacto. Allí se encontró con una foto y la descripción de un perfil que llamó su atención.

El hombre solo no puede

Se trataba de una chica rubia, de origen holandés, radicada en Londres también como él en razón de su actividad profesional; además de su lengua original, muy cercana al flamenco, hablaba el inglés y el alemán, y le interesaba en particular conocer a alguien que fuese español o hablase el castellano, dado que estaba en proceso de aprender esa lengua. Aunque no mencionaba su edad, Carlos, a juzgar por la foto, calculó que debía tener aproximadamente sus mismos años o tal vez uno o dos menos que él; era extremadamente bonita y sobre todo exhibía una sonrisa amplia y receptiva, así como una sensualidad a flor de piel que se proyectaba no sólo en esa sonrisa sino en una mirada penetrante y hasta cierto punto misteriosa, el tipo de mirada que a la vez que revela algo se cuida de ocultar lo que hay detrás de ella, como velando el acceso al interior de la persona e incitando, a la vez, a descifrar ese misterio.

Carlos no pudo contenerse y envió un mensaje a esa mujer que decía llamarse Janina proponiéndole un encuentro a la brevedad, con el fin de conocerse y explorar las posibilidades de una relación más seria en el futuro, en caso de que ambos convinieran en eso. Respecto a esto último, Carlos se mostraba escéptico y era conciente de que si la cita se concretaba estaría iniciándola con un engaño, porque seguía perdidamente enamorado de Alejandra y el propósito de ese posible encuentro a ciegas con una desconocida no era otro que paliar su soledad mientras Alejandra y él se vieran obligados a vivir a distancia.

La respuesta de la mujer que en su perfil había dicho llamarse Janina no se hizo esperar. Según expresó en su mensaje, ella también había creído encontrar la persona perfecta para una primera cita exploratoria: no sólo por la actividad profesional de su interlocutor, que era uno de los aspectos que ella más consideraba en un hombre, también y fundamentalmente por el hecho de ser español y tener así la posibilidad de comunicarse con él en esa lengua que amaba y esperaba llegar a dominar a la perfección. Por supuesto, mientras esto no ocurriese, el diálogo se establecería preferentemente en inglés, a menos que él, Carlos, hablase también el holandés o acaso el alemán. Propuso como lugar para ese primer encuentro un pub muy conocido en la zona de Hampstead; siempre que a él le viniese bien, para dos días después, viernes, a las seis de la tarde.

Él ya había tenido oportunidad de ver su foto en el sitio web, pero en caso de que tuviera dificultad en reconocerla le hizo una minuciosa descripción de cómo iría vestida para el encuentro. Carlos recibió y leyó el mensaje con ambiguos sentimientos: por un lado, la inevitable excitación de conocer a alguien que a través de la foto y de la descripción de su perfil le había parecido una mujer no sólo atractiva sino interesante desde el punto de vista intelectual y profesional.

Trucos que utilizan los jefes. psicología, job, trabajo, agua, bossPero, a la vez, no pudo evitar una dosis de amargura al pensar que estaba por primera vez siéndole infiel a Alejandra, y que el propósito del encuentro con esa desconocida no era únicamente sentirse menos solo, sino también, lo quisiera admitir o no, comenzar a dejar de pensar en ella obsesivamente y alejarse poco a poco del recuerdo, de la dependencia, y de todas las cosas que hasta el momento había compartido con Alejandra.

El encuentro tuvo lugar puntualmente ese viernes de abril, a las seis de la tarde, en aquel pub de Hampstead todavía algo vacío y nada bullicioso a esa hora temprana, y a Carlos el aspecto y la personalidad de Janina no le defraudaron en absoluto. Vista en persona, no sólo le pareció uno o dos años más joven de lo que había creído, sino que los rasgos faciales confirmaban todo lo que él ya había advertido a través de la foto, y en particular el misterio que se cifraba en su mirada. También notó que esos rasgos mostraban una perfecta armonía con un cuerpo que adivinó sensual, tenso, la promesa de una aventura táctil para las manos que recorrieran aquella piel, y de noches tempestuosas para quien lo abrazara y penetrase.

La primera sorpresa se produjo cuando la mujer, luego del intercambio de las primeras frases de rigor y de que ordenaran un par de cervezas, le confesó: “No me llamo Janina; ése es el nombre que escogí para usar en el sitio de Internet. En realidad, me llamo Brigid. ¿Y tú? ¿Te llamas Carlos, como dices, o es otro nombre inventado para mantener en secreto tu personalidad y a lo mejor tu vida privada?” “No, Carlos es mi verdadero nombre”, respondió él, “no tengo nada que ocultar, y si lo tuviera no habría respondido a tu mensaje”, con lo que sintió otra vez que estaba siendo doblemente infiel: a Alejandra, por no atreverse a declarar la fuerte relación que aún mantenía con ella, y a esta muchacha que recién acababa de conocer por las mismas razones. Como si, en efecto, Brigid hubiera sospechado que Carlos no estaba siendo totalmente sincero se produjo un momento de incómodo silencio entre ambos.

Bebieron un sorbo de cerveza, limpiaron la espuma de la boca, y por fin Brigid retomó la palabra. “Tal vez te resulte extraño que no haya querido dar mi auténtico nombre en la página web”, explicó, “pero ése que tú leíste allí siempre me fascinó, porque era el nombre de mi abuela materna, cuyos ancestros eran españoles. De modo que si a ti te resulta más fácil o por cualquier otra razón prefieres seguir llamándome Janina quedémonos con ese nombre; yo, por mí, encantada, porque ya te habrás dado cuenta de que siempre quise llamarme así y nunca le perdoné a mis padres que hubiesen renegado de su herencia ibérica y castellana en particular”.

Ante esa afirmación, Carlos no pudo menos que sonreír y se declaró de acuerdo con la propuesta de Brigid, con lo que ya en ese primer encuentro quedó sellado un pacto entre ambos: él, seguiría siendo Carlos, y ella, de ahora en adelante, solamente Janina. El hielo se rompió y la segunda cerveza que ordenaron colaboró para que los dos continuaran explayándose, rememorando episodios de sus respectivas vidas, de sus viejos amores, de las razones por las que ahora se encontraban solos, de la fortuna de haberse conocido. No mucho más, porque algunos otros aspectos de esa relación que ahora inauguraban debían necesariamente permanecer en el secreto, para ir revelándose de a poco a medida que ambos se fueran conociendo, descubriéndose e internándose a la vez, sin ninguna voracidad ni ansiedad desmedida, en la intimidad de cada uno.

A partir de esa noche comenzaron a verse con una frecuencia de una vez por semana, pero al cabo de un mes ambos sintieron que esos esporádicos encuentros ya no eran suficientes y el ritmo de las citas aumentó a dos, tres y en alguna ocasión hasta cuatro veces semanales. Naturalmente, el trato entre ambos se fue haciendo más íntimo. Carlos no era tímido y siempre había sabido como abordar a una mujer e iniciar el contacto corporal si es que ella también lo deseaba, pero en la relación con Janina se interponía no sólo el recuerdo, sino el vínculo que aún mantenía con Alejandra, puesto que nada le había dicho a ella de este cambio en su vida; por el contrario, si bien resultaba obvio para ambos que las cosas ya no eran como antes, ni los mensajes cibernéticos, ni las conversaciones telefónicas, ni el chateo, ni siquiera las imágenes cada vez más espaciadas que visualizaban en la pantalla del ordenador, ninguno de los dos se atrevía a admitir ese innegable deterioro, atribuyéndolo a un efecto natural de la separación, al hecho de que ya no compartían casi nada, apenas los recuerdos, a la agonía propia de no poder tocarse, abrazarse, besarse, de no poder dormirse ni despertarse juntos. “La única ley de la física que se aplica también a las relaciones humanas”, le dijo cierta vez Alejandra en el teléfono a Carlos, “tiene que ver con los campos magnéticos. No hay aislador para el magnetismo; el único aislador posible es la distancia”.

Amor fuera de casa

Janina, por su parte, no sabía a qué atribuir la aparente frialdad o timidez de Carlos. En todo lo demás le parecía un hombre seductor, maduro, experimentado. Es cierto que Carlos no hablaba mucho de sí mismo y al cabo de dos meses ella no había logrado averiguar ni sonsacarle nada: ni dónde vivía, en qué trabajaba, de dónde provenían sus ingresos, cuáles eran sus hobbies o entretenimientos, qué hacía en sus ratos libres cuando no estaban juntos, si es que los tenía, quiénes eran sus amigos, qué gente y qué lugares frecuentaba, dónde estaban sus padres si es que aún estaban en alguna parte, qué otros parientes incluía su familia, hermanos, primos, tíos, a qué se dedicaban, uno no puede aparecer en el mundo por generación espontánea, le dijo, todos tenemos raíces, venimos de alguien y vivimos por algo…¿puedes contarme alguna cosa más? ¿hay algo que yo deba saber para llegar a conocerte mejor?

“Pinto”, le respondió Carlos en cierta ocasión en que se sintió acribillado por esta clase de preguntas; “eso es lo que hago cuando no estoy en mi trabajo y tampoco contigo”. “¿Pintas, entonces?” replicó Janina; “Me resulta magnífico. ¿Te parece que yo podría ir a conocer tus pinturas, alguna vez, dondequiera se encuentren?”. “Todo lo que tengo está en mi apartamento”, aclaró Carlos. “¿Podemos ir allí?” “Es lo que tenía pensado proponerte”, dijo él, y sin que lo pensaran un sólo segundo más ambos se levantaron de los bancos del pub, él pagó las cuatro cervezas que llevaban bebidas y detuvieron un Bentley convertido en taxímetro que los llevó hasta el edificio en los alrededores de Hyde Park.

7 razones para renunciar a un trabajo que te gusta.Carlos no había mentido. Durante sus años de universitario se había interesado en la pintura en razón de su habilidad natural para el dibujo, tomó clases durante un par de años, aprendió a manejar la acuarela, el óleo y el acrílico, e incluso llegó a participar en cuatro exposiciones colectivas organizadas por una galería cuyo maestro era uno de los dueños. Ese hábito había desaparecido cuando terminó su carrera en algo que tenía que ver con relaciones públicas y comunicación y se vio de pronto conminado a encausar su vida profesional. Sin embargo, ahora, con el traslado a Londres y la inicial soledad de las noches, había intentado recuperar un arte que fuera de toda duda le ayudaba a liberar el stress de sus horas de oficina así como a despejar su mente del obsesivo recuerdo de Alejandra. Había expuesto sin mayor orden la docena de telas que había considerado dar por terminadas en tres de las paredes del apartamento, pero lo que más admiró Janina en cuanto se situó en medio de una espaciosa sala de estar a la que accedía, sin haberlo imaginado siquiera, por primera vez, no fueron precisamente los ensayos pictóricos de Carlos sino la sala propiamente dicha, el sofá y los sillones, la alfombra que cubría una buena parte del parquet, las lámparas estratégicamente ubicadas que difuminaban un resplandor tenue y levemente anaranjado en el interior de la sala.

Trabajar en AlemaniaLa confesión de Carlos a propósito de su afición a las artes plásticas no había sido un pretexto, pero favoreció la ocasión para que, una vez que Janina se dejara caer sobre el sillón y él se acomodara negligentemente a su lado, la proximidad y el calor de los cuerpos diera paso a todo lo demás.

Hicieron el amor sin mayor prisa; Carlos le fue quitando sus ropas a Janina con mucha precaución, lentamente, besando con ternura sus mejillas al principio, posándose sobre sus labios, resbalando la boca por su cuello, depositando una serie prolongada de besos en sus hombros y después en sus senos. Las vestimentas que ambos llevaban, el vestido y la ropa interior de ella, la camisa y los pantalones de él cayeron sobre la alfombra y quedaron allí cuando ellos se trasladaron al dormitorio y se tendieron sobre la enorme cama, dejando encendida apenas la luz amortiguada de una única lámpara; Carlos retiró la colcha, ambos se escabulleron en las sábanas, y antes de que llegaran propiamente al acto del amor, él continuó el recorrido bucal por las zonas erógenas de Janina, sintiendo como ella temblaba de placer, como se humedecía el receptáculo donde él la iba a penetrar, como se relajaban todos los músculos y la tensión del cuerpo cuando ella exhaló por fin el gemido con que alcanzaba su orgasmo y él vació en su vagina el denso flujo seminal que fue también la culminación de una acción no premeditada pero que resultó, a la postre, un final perfectamente sincronizado y complaciente.

Carlos pensó después, horas más tarde, fumando un cigarrillo, cuando Janina ya había recobrado su compostura, había vuelto a vestirse y él la había depositado con un beso final de despedida en el interior de un taxi, que aquella manera de amarse poco tenía que ver con el delirio, con los tempestuosos devaneos que eran la práctica normal en que incurrían Alejandra y él cada vez que se entrelazaban sus cuerpos para hacer el amor, pero que el placer derivado del acto con Janina no había sido en ningún sentido menor por más que hubiera sido diferente la manera de lograrlo, y que ahora estaba experimentando con ella algo decididamente nuevo, algo distinto, y por fin alcanzó la noción de que la relación con Alejandra, a partir de aquel acto, había sido una etapa que había quedado definitivamente atrás en su vida.

En razón de esto último, Carlos sintió que yo no podía seguir ocultándole a Janina su relación con Alejandra. Lo pensó mucho, consideró todas las posibilidades que podría aparejar esa confesión, y finalmente la citó, dos días más tarde de aquel encuentro en su apartamento, en el “pub” de siempre, anticipándole que tenía algo muy importante que decirle. Desde el momento en que Janina irrumpió en el recinto y se sentó frente a él, Carlos advirtió que ella venía preparada para enfrentar alguna revelación que de un modo u otro afectaría la relación que habían mantenido hasta entonces.

Y, en efecto, como buen español que era, Carlos decidió “tomar al toro por los cuernos”, y sin mayor introducción la puso al tanto a Janina de su noviazgo con Alejandra, del vínculo que todavía la ligaba a ella, del hecho que seguían comunicándose con frecuencia; pero también le dijo que desde que Janina y él se habían conocido algo había cambiado respecto a Alejandra, y en particular después del último encuentro, cuando ambos hicieron el amor por primera vez, él ya no podía seguir sintiendo lo mismo por aquella chica que había quedado en Madrid y que todavía consideraba su pareja.

Janina recibió este relato con sentimientos encontrados. Por un lado, le agradeció a Carlos su sinceridad, pero a la vez no pudo evitar la sensación de que hasta ese momento él la había estado engañando, y sobre todo que no deberían haber llegado al punto de entregarse sexualmente uno al otro mientras él no hubiese dado por finalizada la relación que aún mantenía con Alejandra. Carlos aceptó estos reproches con total humildad, admitiéndose culpable, tal como se había sentido en las dos o tres ocasiones en que pudo haber aclarado su situación a Janina e incluso haberle escrito a Alejandra sobre esta nueva relación, y no pudo menos que lamentar no haberlo hecho en su debido momento. “¿Qué quieres que haga ahora?”, le preguntó en actitud de total sumisión a Janina. Ella se enjugó un par de lágrimas que estaban a punto de resbalar de sus ojos y recobró su ánimo sereno. “Quiero que aclares esta situación cuanto antes - le contestó - hasta entonces, es mejor que no nos veamos más. No me busques ni me llames para encontrarnos. Piensa bien lo que quieres realmente antes de tomar una decisión. Y sólo cuando la hayas tomado podremos volver a hablar o a vernos, si resulta necesario. En caso de que quieras mantener la relación con esa chica de Madrid, tal vez ni siquiera importe que me llames. Yo me daré por enterada. Pero si decides romper con ella, entonces sí, llámame, y ambos veremos si es posible recuperar lo que ha estado pasando entre nosotros”.

Dichas estas palabras, Janina se incorporó del asiento que por costumbre ambos solían ocupar en el “pub”, acarició levemente la mano con que Carlos había intentado retenerla, y se quedó mirándolo unos pocos instantes. “Adiós – musitó apenas casi sin entreabrir los labios – o quizás hasta pronto”. Dejó a Carlos cabizbajo, ensimismado, y cuando éste levantó la mirada para responder a ese “adiós”, advirtió que también a él se le había hecho difícil contener un sollozo.

Carlos permaneció aún casi una hora en el “pub” bebiéndose sin ganas media jarra de cerveza. Si bien había imaginado antes esta situación, no había considerado debidamente ni el dolor ni la confusión que sobrevendrían al diálogo con Janina. Tampoco estaba seguro de cuál sería la mejor manera de proceder respecto a Alejandra. Ya no la amaba, o por lo menos lo que sentía por ella no era lo mismo que había experimentado antes ni tampoco nada parecido a lo que ahora sentía por Janina, pero al mismo tiempo era conciente de que no quería causarle ningún daño ni renunciar totalmente a su cariño, a su dulzura, ni a una posible amistad que pudiese sobrevivir a la ruptura. Tenía que ser absolutamente franco con ella y tal vez apelar a aquella ley de física que la misma Alejandra le había recordado en cierta ocasión: “no hay aislador para el magnetismo; el único aislador posible es la distancia”. La distancia había consumido el amor, no cabía ninguna duda en cuanto a eso.

Y para estar completamente seguro de que había dejado de amarla, y que ahora estaba verdaderamente enamorado de Janina, sólo cabía hacer una cosa: se tomaría una licencia de unos pocos días de su trabajo y volaría a Madrid, para explicarle en persona a Alejandra lo mismo que pocos minutos antes había intentado explicar a Janina. Sólo al término de ese viaje podría estar plenamente seguro de lo que sentía por una y por otra. No meditó más en el asunto y se marchó del “pub” habiendo tomado la decisión que le pareció más acertada.

Igualdad: Hay que feminizar el éxito laboralCuando abordó el avión que habría de dejarle en Madrid, sin haberle advertido antes a Janina lo que había resuelto, Carlos experimentó por primera vez en su vida que ahora estaba completamente en manos del destino, pues él no se sentía capaz de encontrar por sí solo una solución para el conflicto en que se veía envuelto. No podía anticipar cuáles serían sus sentimientos al enfrentarse nuevamente a Alejandra, con quien había vivido algunos de los momentos más felices de su vida; tampoco podía imaginar cómo sería el reencuentro con Janina al volver a Londres, después de haber recobrado y actualizado estas vivencias. Llegó a la conclusión de que en nada le ayudaba intentar predecir las consecuencias de su decisión, y que lo único que realmente podía hacer era dejar que los acontecimientos se precipitaran de manera espontánea y natural, porque sucediera lo que sucediera, todo habría sido resultado de sus vacilaciones y del engaño con que había procedido.

El sueño de las dos mujerers

Alejandra y Janina eran ahora dos opciones posibles en su vida, aunque también debía considerar la posibilidad de que ninguna de las dos quisiera perdonar la cobardía o por lo menos el egoísmo de su comportamiento. Sentía, aún, que no podía prescindir de ninguna de las dos, aunque eso resultara desde todo punto de vista imposible. Tendría que decidirse por una de ellas, y en caso de que ambas se negasen a aceptarlo nuevamente, renunciar a las dos. Y eso sería sin duda lo más difícil y la razón del extremo pesar que se mezclaba con sus pensamientos. No podría olvidarlas: ni a Alejandra, con su ternura, su actitud siempre paciente y comprensiva, el ardor y la pasión de las muchísimas noches compartidas; ni tampoco a Janina, por la novedad que ella había introducido en su vida, por el misterio y la promesa de mayores y más excitantes descubrimientos que habían surgido en las pocas semanas que llevaban juntos. No, no podría olvidarlas. Tal vez alejarse de ellas, esforzarse para hacerlas desaparecer de su vida. Pero el olvido nunca.