En los próximos años, el mercado de la inteligencia artificial superará los 52.000 millones de euros. En sectores como el industrial, el de transportes, de la salud o las finanzas, la presencia de la inteligencia artificial crecerá a un ritmo muy ágil en los próximos años.  Ese aumento progresivo del uso de la inteligencia artificial ha llevado a la Comisión Europea a reunir a 52 expertos independientes para debatir unas directrices éticas que habrá que seguir en el desarrollo y el uso de la inteligencia artificial.





IA nos puede salvar de destrozarnos

Y es que esta nueva forma de conocimiento puede presentar conflictos a los que los expertos creen que la sociedad debe anticiparse. «Todo descubrimiento, nueva creación o nueva capacidad que desarrollamos para generar un nuevo poder o una nueva posibilidad de hacer las cosas conllevan la pregunta de quién hará uso de ellos y qué dirección les queremos dar, porque todo puede utilizarse para generar bienestar o para destruir», explica Miquel Seguró Mendlewicz, profesor colaborador de los Estudios de Artes y Humanidades de la UOC.

Por ello se considera necesaria una reflexión ética sobre la inteligencia que se plantee preguntas como «qué es la inteligencia, qué es artificial, quién hace este artificio, por qué, para qué, si el objetivo es generar más justicia social y más bienestar o generar una competencia neocapitalista para ver quién se desarrolla mejor por medio de las capacidades que esta inteligencia pueda ofrecer, si es para el bien público y, por tanto, quedará en manos del estado o no… La ética de la inteligencia artificial se queda, más que en la respuesta, en la pregunta.




Controlar lo incontrolable

La atracción que el desarrollo de la inteligencia artificial ejerce en la sociedad ha llevado a los expertos a preguntarse qué es lo que nos resulta tan fascinante de ella. Y la respuesta parece apuntar al anhelo de control. Como explica Miquel Seguró, existe la ilusión de que por medio de la inteligencia artificial «tendremos un mayor control de nuestras vidas y de los problemas que nuestras vidas incluyen. Pero eso es solo una cara de la experiencia, porque hay abrazos, sonrisas, silencios… que no hay manera de programar ni de predecir, ya que dependen del contexto y de unas habilidades que no son meramente cuantitativas, sino que exigen un desarrollo personal, una audacia personal y asumir la capacidad de errar», señala.

Un colectivo con muchas probabilidades de ser discriminado en los programas de inteligencia artificial es el de los mayores, que corren el riesgo de ser invisibilizados. Como explican las investigadoras de la UOC Andrea Rosales y Mireia Fernández Ardèvol, expertas en personas mayores y TIC, los sistemas de inteligencia artificial utilizados para recoger y analizar datos se olvidan con frecuencia de este colectivo.

«Cuando se investigan los usos de los espacios públicos de una ciudad, se analizan los datos de los móviles que tienen el wifi encendido: desde el tiempo que las personas emplean en cruzar una calle por un semáforo hasta el tiempo que necesitan para subir las escaleras del metro. Pero en el análisis de estos estudios no se tienen en cuenta minorías que o bien no tienen wifi en el móvil o bien, si lo tienen, lo llevan siempre apagado», señalan como ejemplo de las posibles discriminaciones que pueden cometerse en el uso de la inteligencia artificial.

de Miquel Seguró
Profesor colaborador de los Estudios de Artes y Humanidades de la UOC