¿Qué pasa con quienes siguen siendo necesarios en primera línea de frente, conocidos como frontliners? “No poder llegar a las comunidades durante las dos semanas de cierre absoluto ha sido lo más duro con diferencia. Nunca nos había pasado y sabíamos que nos estaban esperando, que muchas personas seguían necesitándonos y simplemente no podían permitirse esta espera”, explica desde Guatemala Jessica Coronado, coordinadora de nutrición y salud en el país. Su compañera de equipo, Johana Chacón, añade que “poder al fin llegar de nuevo y ver la expresión de quienes nos habían estado esperando fue un verdadero alivio”.




El miedo a un nuevo enemigo

Los y las profesionales de Acción contra el Hambre coinciden en señalar que, además de la capacidad logística, la rápida adaptación al cambio y la capacidad de trabajar bajo una enorme presión adquirida en otras emergencias eran los principales activos con los que afrontaron esta pandemia: “tuvimos que asimilar muy rápido la nueva situación, entender que no era una epidemia más, que estaba pasando en muchos países del mundo a la vez y que no tenía precedentes”, explica Aurora Egea la coordinadora de agua y saneamiento en Latinoamérica.

“Creo que lo más duro ha sido el miedo a contagiarme, o a que alguien de mi equipo se contagiase”, apunta Javier Yesid Velandia Leal, coordinador logista en Colombia, quien recuerda como el momento más difícil “cuando tuve que subirme a un avión para ir al Amazonas, donde los casos de COVID-19 incrementaban a gran velocidad, una zona del país que no conocía, con un equipo de trabajo que no conocía y con el riesgo latente a ser contagiado, dejando atrás a mi familia”. Pero Javier era consciente de la importancia de su labor en primera línea: “la logística no se detiene, de nosotros depende que todos nuestros compañeros tengan lo necesario para hacer su trabajo, es una cadena”. Su compañero de misión, Luis Fernando Ramírez destaca la importancia de contar con experiencia en emergencias anteriores: “para trabajar contra el reloj tienes que ser muy consciente de que un retraso en una entrega puede significar que un niño o una niña se queden un día sin comer”.

Liberia sufre sin parar

Desde Liberia, Kebbeh Franklin, coordinadora de programas destaca que no sólo había que hacer frente al miedo propio: “fue un golpe durísimo ver cómo las madres con niñas y niños desnutridos dejaron de venir a los centros de salud por miedo al contagio”, algo que puede tener consecuencias letales en muchos países de África. Los equipos de Acción contra el Hambre también han trabajado contra los mitos y la desinformación: “entre una gran parte de la población se creía que la COVID-19 era una enfermedad solo de las personas blancas, no eran conscientes del peligro”, añade. Ndery Gueye, jefe de proyecto, señala desde Mauritania que el momento más gratificante fue “el día en el que sentimos que el miedo desaparecía por los dos lados – humanitarios y beneficiarios- y entendimos que se podía seguir trabajando y salvando vidas con ciertas medidas de distancia y prevención”.


El virus en el Cáucaso

Desde Tiblisi (Georgia) la coordinadora de recursos humanos en Cáucaso, TamarZurabashvili, destaca “la creatividad y la capacidad continua de trabajo en equipo como las habilidades cruciales para tener éxito en estas circunstancias que requieren nuevas soluciones y en un momento inusual en el que cada trabajador tenía que velar por su seguridad personal al tiempo que ayudaba a los demás”. Abeda Sultana Liza desde Cox Bazar (Bangladesh) tiene claro lo primero que hará cuando todo esto acabe: “lo primero será abrazar a mi familia, a mis compañeros y compañeras de equipo y a todas las personas que me importan. Solo un momento, porque luego hay que seguir luchando por las y los refugiados, por la alimentación de los niños y niñas… mi lucha contra la COVID-19 no es la única. Así que seguiré luchando en primera línea de frente”.