de Gustavo Giorgi

Si bien me considero un admirador de la semiótica, estoy lejos de ser un especialista en el tema. Sin embargo, y con mis limitaciones por delante, me animo en este texto a plantear que el salto del emoji al sticker se debe a una necesidad propiamente humana que, aunque intentemos evitarla, siempre dirá presente.



Los legos en el tema whastapp y redes sociales en general tienen que saber de la existencia de unos dibujitos con la capacidad de transmitir ideas y emociones. Sobre estos últimos me quiero detener, los denominados Emojis. Desconozco a qué lúcido cerebro le debemos atribuir autoría sobre ellos, pero sin ánimo de exagerar lo ubicaría a la altura de lo que en los sesenta fue Walt Disney. Un poco como signo de estos tiempos, minimalistas, los dibujos rococó y emperifollados de otro tiempo se abren paso para dar lugar a líneas austeras pero sin perder expresión.

Trasmitir mucho con poco

Entiendo que este es, justamente, la causa del éxito de estos simbolitos: Su enorme capacidad para transmitir emociones de forma directa. Como dato de su potencia, no importa que idioma hables, el emoticon te será igualmente útil y comprensible para conectar con un chino, vietnamita, finés o peruano. El emoticon habla de lo que nos pasa y dice sin decir. Una línea redonda con unos tracitos adentro es suficiente para interpretar que el otro siente enojo, tristeza o, si tiene un cierre por boca, que prefiere
callar…



El caso es que, como sucede con todas las cosas y máxime en este mundo
tecnológico, los emoticones evolucionaron (si cabe la expresión) hacia los stickers. Estos últimos ya no son dibujos sino fotografías de personas haciendo algo gracioso, pudiendo ser acompañadas con una frase o texto breve. Mi hipótesis es que el salto de uno a otro se debió a la necesidad de procurar una mejor conectividad con el otro, que solo podría darse de humano a humano. Esto me lleva también a pensar de forma directa en lo vital de la comunicación como elemento humanizante. Hace y nos hace humanos. Recuerdo en mis épocas facultativas cuando nos contaban los casos de niños ferales, y uno de sus insignias, el llamado Salvaje de Aveyron. La pregunta que flotaba en el aire, angustiante, era: ¿Podemos llamar humanos a estos chicos, que carecen de lenguaje? ¿La condición de humanidad es solo biológica o deberíamos pensar en algo más como cualidad distintiva? Enigmas que aún resuenan en mí y siguen provocando…



Estoy convencido de que necesitamos comunicarnos con otro para continuar formando parte de la humanidad. En la fría contemporaneidad en la que un bot nos responde consultas o la Inteligencia artificial intenta adueñarse del comando de nuestra sensibilidad, el paso del emoji al sticker es un gesto simple pero franco de rebeldía. Hoy, los humanos nos rebelamos contra la tecnología diciendo: “No queremos más dibujitos,¡¡queremos seres de carne y hueso!!”