El genio domina el caos. El científico necesita además del caos para crear e investigar. Así pues, un poco de anarquía en el escritorio y los cajones llenos de papeles son muchas veces un símbolo de una persona trabajando. Aunque aquí hay opiniones para todo.

El Caos puede matar, el orden puede curar

Lo que unos llamarían desorden fatal, para otros sería una fuente de ideas; esto también lo confirman muchos psicólogos. Cierto es que a los jefes no les gusta mucho ver escritorios demasiado limpios, pero tampoco demasiado caóticos. Lo que sí es cierto es que quién es muy ordenado no necesariamente deja de ser creativo o genial, es decir el caos no estimula la creatividad en todos lo casos.

Es deseable un orden moderado

Quien presta demasiada atención al orden está igual de equivocado que la persona que se hunde en el caos. Cierta organización y limpieza son necesarias para concentrarse y estructurar la mente. Pero ni hay que emplear demasiado tiempo en la limpieza ni hay que dejarse llevar por el caos. Pensemos por ejemplo en Alexander Fleming. No era una persona muy ordenada y gracias a eso el bacteriólogo descubrió, en el desorden organizado de su laboratorio en septiembre de 1928 volviendo de sus vacaciones, culturas de bacterias con hongos encima, por lo menos en una cultura había ya moho. De esta simple negligencia de Fleming surgió el nacimiento de la penicilina, porque el científico descubrió en el microscopio que las bacterias sin moho tenían algún mecanismo de hongo que les protegía, era un hongo especial. Gracias a esta evolución desordenada de Fleming se ha desarrollado uno de los medicamentos más importantes de la humanidad.

Pero aun así cierto orden es necesario, sobre todo para estudiar, resumir y escribir. Esto afecta a alumnos, estudiantes y científicos. En algunas profesiones además es necesario tener mucho orden y mucha precisión, como en medicina.

El orden en el caos

El caos, el desorden, produce siempre un efecto perturbador. Cualquier esfuerzo intelectual, en cualquier ámbito, no es más que un intento de comprender, de establecer unas pautas que permitan insertar un componente de orden en todo lo que está ante nuestros ojos. Desde el arte a la política, desde la medicina al fútbol. Conocer la gramática del funcionamiento de algo, ya sea el universo, un motor de automóvil o la manera correcta de elaborar un determinado plato, supone establecer un mecanismo tranquilizador. El control nos permite el dominio, el poder sobre las cosas. Y, a la vez, acabar con el estado alarmante de esas situaciones en las que uno se siente perdido e indefenso en el vértigo ante lo que no controla.

El caos tiene su propio orden

Sin embargo, el caos abre también una puerta positiva al futuro, a los futuros. Los desconciertos, las crisis, por un lado tienen un punto de encanto y de estética, y por otro posibilitan la construcción de nuevos modos de orden, de novedosos equilibrios antes ignorados. Y es aquí donde es preciso reparar en el hecho de que el orden no se impone sobre el caos mediante la destrucción del mismo, sino a través de su asimilación; no lo aniquila, sino que lo integra; lo digiere, lo hace carne de su carne.

Un cuento sobre el caos

Hace años, en Marrakech, escuché un cuento que ilustra todo esto perfectamente. La narración es la siguiente: Una vez creado el mundo, Alá, Dios, se sintió satisfecho y orgulloso de la belleza de su obra. Sin embargo, Gabriel, el arcángel, le advirtió de una carencia. Falta arena, le dijo. Si no hay arena el mundo estará incompleto, será algo imperfecto. Sin arena, los manantiales no podrán tener agua cristalina, ni los pescadores tendrán dónde descansar sus doloridos pies después de duras jornadas navegando. Alá, Dios, admitió que Gabriel tenía razón. Y le encargó coger un enorme saco con arena para repartirla por el mundo. Así lo hizo el arcángel. Pero al pasar por el norte de África, el diablo, celoso de la belleza del mundo creado, rajó el saco con un enorme cuchillo. De ese modo se provocó el desastre, el caos: casi toda la arena que quedaba cayó a tierra y formó un inmenso desierto.

A la destrucción del orden previo, Ala, Dios, no respondió con otra destrucción. Prefirió integrar ese desconcertante caos generado por el diablo. Alá, Dios, prefirió buscar un nuevo equilibrio en esa nueva situación. Decidió que debería hacer tres regalos al habitante del norte de África, otorgarle tres dones que compensaran la dureza de la vida que iba a tener. El primer regalo le pareció muy hermoso. Sería el caballo árabe. Es pequeño y no sirve para trabajar la tierra. Por su tamaño, tampoco puede competir en velocidad con un pura sangre. Sin embargo es un animal noble, muy simpático, muy juguetón. Haría, sin duda, más amable la vida de los tuareg…

Pensó después en un segundo regalo, que como todos los que lo son de verdad, debía ser inútil. Los regalos no han de “valer” para algo, su valor no está en aquello para lo que sirven sino en ellos mismos. Y decidió entonces que les otorgaría el cielo más hermoso que se puede contemplar sobre la faz de la tierra; un cielo sin nubes donde por la noche siempre lucirían las estrellas. Faltaba aún un tercer regalo, y Alá, Dios, pensó que debía ser el mejor de los tres, el más espléndido…. Pensó y pensó hasta que dio con lo que quería. Decidió otorgar al habitante del norte de África el don de la palabra; el poder de saber contar bellas historias durante esas noches estrelladas del desierto. La facultad de seducir con la belleza de un relato y el adecuado tono de una voz.

Dicho de otro modo, decidió no combatir al caos, decidió aprovechar el mal para generar un bien mayor. No es una victoria al uso, con la satisfacción de la derrota humillante del adversario, sino la constatación magnífica y sin complejos de la tremenda superioridad de determinadas actitudes y comportamientos.

de Ubaldo Gutiérrez Martínez