de Ignacio Sánchez-León, autor de "La moral inmoral"

Si hay algo que caracteriza a sociedades y culturas mediterráneas como la española es la corrupción. No quiero afirmar que no exista corrupción en otros muchos países. Pero sin embargo compartimos con otros países latinos de tradición católica como Italia, Portugal, Grecia (ortodoxa, aunque da lo mismo), Irlanda, Francia, etc ciertos índices de corrupción más elevados que en otros de confesión evangelista.

El poder católico y la corrupción van de la mano

Si a los países sureños del viejo continente le sumamos toda Latinoamérica y Filipinas (igualmente de tradición católica), tendríamos un mapamundi completo - con ciertas excepciones - de la
corrupción en el mundo. La corrupción no es un fenómeno sólo de unos aprovechados en política, sino que también se han dado casos de gestores de empresas públicas, privadas, entidades, ONGs, etcétera. Mientras que hay países calvinistas que dimiten de forma inmediata por haber copiado algún párrafo en la tesis doctoral hace más de 20 años siendo estudiante, por no haber abonado una multa de tráfico o por haber mentido en su vida privada para ostentar cierto cargo público, la moral católica como la española se resiste hasta extremos inauditos ante hechos semejantes.

La restringida moralidad inculcada a los feligreses a lo largo de los siglos en países como el nuestro junto con la falta de ciertas libertades, la represión y las condenas de las autoridades de poder desde tiempos de la santa Inquisición española, han hecho mella en nuestro acervo ético y moral. Para llenar el vacío provocado por otras culturas monoteístas con las que estuvimos conviviendo durante tiempo (moros y judíos), era fácil caer en la inocente picaresca y la posterior corrupción organizada.



Una corrupción sistemática

Desde la jefatura del Estado, pasando por los partidos políticos, sindicatos, empresarios, clanes familiares, instituciones públicas, banca, hasta la judicatura, la prensa, el deporte, etc. La ausencia de unos principios claros de ética (válidos tanto para la función pública como para la esfera privada), vulnerando los intereses colectivos y optando por el máximo lucro personal, han justificado la extensión de esta lacra. La vergüenza social de este fenómeno se ha extendido a nuestro entorno más íntimo, siendo por ello además uno de los países con mayor tasa de economía sumergida (en torno al 25 por ciento del PIB).

La severa crisis económica desde el año 2007 y la austeridad en los recortes de las prestaciones sociales por parte de los gobiernos, podrían haber agudizado el falso ingenio y hecho de la economía sumergida el brazo sustentador de las familias para llegar a fin de mes. En otras palabras, la ausencia de un Estado y una red de prestaciones sociales que garanticen la subsistencia del más débil en riesgo de exclusión social como existen en otras democracias centroeuropeas, ha conllevado que cualquier ingreso por mínimo que sea procure sortearse de la hacienda pública.

La moral católica impide el progreso



La razón descansa en que el trabajo duro, el sacrificio, el estudio, la lucha, la amargura del caer y volver a repetir, no son valores precisamente muy católicos. Está tan extendida esa percepción que hasta somos capaces de paralizar toda la economía del país una vez al año para seguir de cerca el sorteo del Gordo de Navidad. Confiamos en la buena suerte (o en la diosa fortuna) más que en nuestro propio espíritu de superación y sacrificio para ascender socialmente. Mientras la envidia nos lleve a desear lo peor al vecino (incluida su muerte) ante un golpe repentino de suerte económica, en vez de actuar como un incentivo de superación para nosotros, me temo que será difícil llevar a cabo ese cambio de chip y mirar el mundo con otra óptica ética.

Lo malo de todo ello es que el fenómeno está hipotecando la democracia, el progreso y sobre todo la convivencia pacífica. Hemos llegado a tales extremos con tan reiterados casos de corrupción e impunidad en España (pero también en otros países católicos) que corremos un serio riesgo de estallido social o una revolución sangrienta como sigamos por estos derroteros. La apatía, el desánimo, el desencanto, la indignación, han ido adueñándose de nosotros poco a poco y haciéndonos perder esa energía para involucrarnos hasta el tuétano y combatir su extensión social.